Escuchar para gobernar: el carácter de quien se deja corregir
En una crisis, el liderazgo exige abrirse a las voces que cuestionan nuestras certezas y asumir la responsabilidad de decidir.
Edición CAVDUX · 18 de octubre de 2026 · 5 min de lectura
Cuando una crisis estalla, las miradas se concentran en quien dirige. Se esperan respuestas, instrucciones y señales de que alguien comprende lo que está ocurriendo. Esa presión puede llevar al líder a hablar demasiado pronto y a defender una explicación antes de haber entendido el problema.
Sin embargo, una de las primeras responsabilidades de quien gobierna consiste en escuchar. Hace falta conocer lo que otros están viendo, reconocer lo que todavía se ignora y permitir que la realidad corrija las propias suposiciones.
En el planteamiento de Erika James y Lynn Perry Wooten sobre la escucha durante las crisis aparece una intuición fundamental: las decisiones mejoran cuando el dirigente considera perspectivas diversas. Esta capacidad tiene una dimensión organizacional, pero también una raíz moral. Para escuchar de verdad se necesita carácter.
### El aislamiento de quien dirige
El poder modifica las conversaciones. Frente a una persona con autoridad, algunos suavizan las malas noticias; otros omiten detalles incómodos o buscan anticipar la respuesta que será mejor recibida. Incluso un equipo competente puede terminar construyendo una versión tranquilizadora de los hechos.
El propio dirigente puede favorecer ese aislamiento. Basta con castigar una objeción, descalificar a quien advierte un riesgo o confundir una discrepancia con falta de compromiso. Con el tiempo, los colaboradores aprenden qué conviene decir y qué es preferible callar.
Así se pierde algo indispensable para gobernar: el contacto con la realidad.
Por eso, una pregunta debería acompañar a cualquier persona con responsabilidades: ¿quién puede decirme que estoy equivocado sin temer las consecuencias? La respuesta revela mucho sobre la calidad de su liderazgo.
### La humildad tiene consecuencias prácticas
La humildad permite reconocer los límites del propio conocimiento. Quien dirige puede tener experiencia, información y una visión amplia; aun así, necesita de quienes conocen aspectos del problema que escapan a su posición.
En una escuela, el director necesita escuchar al docente que observa un cambio en el grupo, a la familia que enfrenta una dificultad y al estudiante que ha dejado de sentirse parte de la comunidad. En el gobierno, un informe técnico puede requerir el complemento de quienes viven diariamente las consecuencias de una decisión.
Desde una visión humanista cristiana, esa atención expresa el reconocimiento de la dignidad de las personas. Sus experiencias merecen ser consideradas porque cada una posee una perspectiva y un conocimiento que pueden contribuir al bien común.
Escuchar supone concederles una posibilidad real de modificar nuestro juicio.
### Escuchar también exige discernir
Durante una crisis aparecen testimonios contradictorios, demandas legítimas, rumores y presiones interesadas. Dar espacio a distintas voces obliga a valorar su contenido con rigor.
La prudencia ayuda a distinguir entre hechos e interpretaciones, entre una experiencia particular y un problema generalizado, entre lo urgente y lo importante. También permite reconocer que la intensidad de una exigencia no determina por sí sola su justicia.
Quien dirige debe contrastar información, consultar a personas competentes y fijar un momento para decidir. La deliberación necesita un cauce y un plazo, especialmente cuando la demora agrava el daño.
La responsabilidad final permanece en el líder. Haber escuchado ampliamente no lo exime de explicar su decisión ni de responder por sus consecuencias.
### Hacer visible lo que se aprendió
La escucha pierde credibilidad cuando las personas hablan y nunca saben qué ocurrió con sus aportaciones. Una reunión puede estar llena de intervenciones y producir muy poca comprensión.
Por eso conviene cerrar el recorrido: explicar qué se conoció, qué cambió y cuáles propuestas no pudieron incorporarse. Cuando existe un error, reconocerlo con claridad permite concentrar el esfuerzo en corregirlo.
También hace falta convertir esa disposición en hábitos: abrir espacios para el desacuerdo, consultar a quienes ejecutan las decisiones y revisar los resultados con honestidad. Esperar hasta la siguiente emergencia para hacerlo deja demasiado al azar.
Las crisis ponen a prueba nuestra relación con la verdad. Bajo presión, resulta tentador aferrarse a la primera explicación o proteger una decisión por el esfuerzo invertido en ella. El carácter se manifiesta en la capacidad de reconsiderar, rectificar y actuar.
Quien gobierna al servicio de los demás necesita conservar esa libertad interior. A veces, la decisión más importante comienza al dejar de preparar una respuesta y prestar atención a lo que alguien lleva tiempo intentando decir.
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