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Gobernar cuando la sociedad está enojada

El liderazgo se revela en la adversidad, no en la popularidad. Hay momentos en la vida pública en los que el descontento ciudadano deja de ser una opinión para convertirse en una exigencia colectiva. Las calles se llenan, las redes sociales se encienden y las instituciones enfrentan un cuestionamiento que va mucho más allá del problema que provocó la inconformidad. En esos momentos, gobernar exige algo más que capacidad administrativa: requiere autoridad moral, prudencia y una comprensión profunda de la condición humana.

Editorial CAVDUX · 17 de octubre de 2026 · 5 min de lectura

Gobernar cuando la sociedad está enojada

Jalisco, como tantas sociedades democráticas, enfrenta circunstancias que obligan a sus dirigentes a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿cómo ejercer el liderazgo cuando una parte importante de la sociedad está enojada?

La respuesta no consiste simplemente en comunicar mejor, negociar más o resistir la presión. Supone comprender qué significa verdaderamente gobernar.

El enojo también comunica

Uno de los errores más frecuentes del poder es interpretar el descontento ciudadano exclusivamente como una amenaza. Sin embargo, detrás de una protesta suele existir algo más profundo que una demanda inmediata: la percepción de que una expectativa legítima ha sido incumplida.

Cuando una comunidad reclama agua de calidad, seguridad en sus calles o servicios públicos dignos, no solamente está exigiendo resultados. Está expresando una preocupación por su propia dignidad y por la confianza que depositó en sus instituciones.

La filósofa Hannah Arendt distinguió entre el poder que surge de la acción colectiva y la violencia que pretende sustituirlo. Su reflexión permite comprender que una sociedad movilizada no necesariamente representa una amenaza para la democracia; también puede ser una manifestación de su vitalidad.

Por supuesto, no toda protesta es justa en sus métodos ni toda exigencia resulta razonable. El liderazgo responsable debe distinguir entre la inconformidad legítima, la desinformación, los intereses particulares y las conductas violentas. Pero cometería un error grave si confundiera esas expresiones y descalificara a todos por igual.

Escuchar el enojo no significa darle siempre la razón a quien protesta. Significa reconocer que incluso una expresión desordenada puede contener una verdad que merece ser atendida.

La autoridad no es lo mismo que el poder

Jacques Maritain entendía la política desde la centralidad de la persona humana y la búsqueda del bien común. Desde esta perspectiva, la legitimidad de una autoridad no puede reducirse a su origen legal: también depende de la orientación ética de sus decisiones.

Un gobernante puede tener todas las atribuciones jurídicas para actuar y, sin embargo, carecer de la confianza necesaria para conducir eficazmente a su comunidad.

La autoridad moral se construye cuando existe correspondencia entre las palabras, las decisiones y las consecuencias que se está dispuesto a asumir.

Por eso, ante una crisis, la tentación de defender inmediatamente la propia imagen puede resultar contraproducente. Una explicación técnicamente correcta no necesariamente responde a la experiencia de una familia afectada.

Antes de presentar cifras, el dirigente necesita demostrar que comprende a las personas.

No se trata de sustituir la razón por la emoción, sino de reconocer que la política involucra ambas dimensiones.

La prudencia no es debilidad

Aristóteles consideraba la phronesis, o prudencia práctica, una virtud indispensable para deliberar correctamente sobre aquello que conviene hacer.
La prudencia política no consiste en evitar decisiones difíciles, sino en encontrar la manera justa y oportuna de realizarlas.

En una crisis pública pueden coexistir obligaciones que parecen contradictorias: escuchar a los ciudadanos, proteger el orden público, defender las instituciones, corregir errores y evitar que intereses particulares capturen una causa legítima.

El dirigente prudente no elige entre escuchar y ejercer la autoridad. Comprende que ambas responsabilidades son inseparables.

Para Jalisco, esto resulta particularmente importante en asuntos como la gestión del agua, la movilidad, la seguridad o el desarrollo urbano. Son desafíos complejos que no se resuelven con consignas ni admiten soluciones instantáneas.

La ciudadanía tiene derecho a exigir resultados, pero también necesita conocer con claridad los límites, los costos y los tiempos reales de las decisiones públicas.

La transparencia no elimina todos los desacuerdos, pero puede transformar la desconfianza en una conversación responsable.

La grandeza de rectificar

Existe una idea equivocada según la cual reconocer un error debilita al gobernante. En realidad, la obstinación suele ser mucho más destructiva que la rectificación.

Václav Havel, quien conoció tanto la resistencia frente al poder como las responsabilidades de ejercerlo, defendió una política sustentada en la responsabilidad personal y la fidelidad a la verdad.

Esa convicción ofrece una enseñanza decisiva: quien gobierna no debe aspirar a parecer infalible, sino a ser digno de confianza.

Reconocer una equivocación, reparar un daño o modificar una decisión pueden ser expresiones de fortaleza moral. Pero una disculpa solamente adquiere valor cuando está acompañada de acciones verificables.

En la vida pública, la confianza no se recupera mediante declaraciones. Se reconstruye mediante comportamientos sostenidos.

Gobernar también es educar

Toda decisión pública transmite una enseñanza sobre la convivencia.

Cuando una autoridad escucha con respeto, enseña civilidad. Cuando cumple sus compromisos, enseña responsabilidad. Cuando reconoce errores, enseña humildad. Y cuando defiende el orden sin renunciar a la dignidad humana, enseña justicia.

La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que el bien común comprende las condiciones sociales que permiten a las personas y comunidades alcanzar su desarrollo. Esta visión exige superar la falsa oposición entre autoridad y ciudadanía.

Un buen gobierno no busca ciudadanos silenciosos, sino ciudadanos responsables. Y una sociedad madura no necesita gobernantes complacientes, sino dirigentes capaces de actuar con verdad, competencia y sentido de justicia.

El desafío consiste en convertir el conflicto en una oportunidad para fortalecer las instituciones, no para profundizar las fracturas sociales.
Porque gobernar cuando la sociedad está enojada no significa conseguir que deje de protestar.

Significa trabajar para que vuelva a tener razones para confiar.

Y quizá sea precisamente ahí, cuando los aplausos desaparecen y las decisiones se vuelven difíciles, donde comienza el verdadero liderazgo.

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