Siete conclusiones del Congreso de Pastoral Universitaria y Escolar
Dicasterio para la Cultura y la Educación de la Santa Sede, Roma, 22 y 23 de octubre del 2026, en el Aula Pablo VI.
Pbro. Eduardo J. Corral Merino · 24 de octubre de 2026 · 5 min de lectura
1. Enseñar es una cuestión de fuerte sentido humano. Hay que recuperar y formar en lo más humano: los afectos, la manera de pensar, de imaginar, de recordar, de discernir, a través de la mirada, del rostro, del sentido de acogida, del encuentro, de la alteridad. Para ello necesitamos: silencio, recogimiento, cuidado de las personas que acompañan, que forman, para estar abiertos a lo profundo, a lo verdadero, a lo bello, a la comunión.
2. La educación es una cuestión de relación, de fraternidad, de encuentro, de amor. Nadie se educa solo. La educación es un acontecimiento humano, terreno y divino que parte de la empatía, de la acogida, de la compasión. Diseñar nuevos mapas de esperanza, implica educar para la paz lo que conlleva desarmar el corazón, transformando las escuelas y la universidad en un espacio de creatividad constructiva, de cuidado de la casa común. Urge cerrar las puertas a la polarización, a las ideologías, a los resentimientos, a la ingenuidad, a la guerra. La condición humana es un poliedro a acoger.
3. La tecnología es solo un medio. La educación no puede ser reducida a contenidos, a algoritmos, a una inteligencia artificial. Y esta tecnología está en manos de los seres humanos. Hay que gobernarla, y para ello hay que hacer pactos, acuerdos, sin quedar atrapados en la tecnocracia, en los controles, en las funciones. La tecnología no puede abrazar lo verdaderamente humano: la ternura, la creatividad, el talento, la imaginación, la sonrisa, el corazón. No hay fuego en lo digital, porque no hay sentido, no hay trascendencia, sólo operaciones, descripciones, lo exterior, lo superficial.
4. La educación acontece en contextos encarnados. La educación debe empeñarse en transformar la realidad social inmediata de los niños, adolescentes y jóvenes, particularmente de los más vulnerables. Es importante acompañar procesos humanos (frágiles, limitados, deficitarios, contextualizados, siempre abiertos a posibilidades, en la educación). No podemos educar para adaptarnos al futuro, sino para poder dirigirlo hacia lo más humano, con una sonrisa, con la alegría evangélica.
5. Hay una necesidad de hacer alianzas, tejidas por la confianza, por la perseverancia y la caridad. Ese es el camino de servir al mundo. Es importante fijar nuestra atención en los enseñantes, en los formadores. Éstos deben ser nuestra atención: ellos son los que comunican cuestiones, luces, experiencias, calor, sentido, a los niños, adolescentes y jóvenes.
6. Particularmente en la Pastoral Universitaria es importante acompañar a los jóvenes en sus caminos. Hay que distinguir entre formar la interioridad, la espiritualidad y la religiosidad. La interioridad y la espiritualidad son puntos de acceso a lo religioso, en donde Dios tiene la última palabra. Hay que formar, restaurando.
7. Hay que empeñarse en impulsar nuevos mapas de esperanza. Ya sabemos que estamos “cortos”, por ello urge concentrarnos en el esfuerzo conjunto de abrir posibilidades que vayan más allá de lo funcional, de lo que ya se ha hecho. Es urgente abrirse, caminar y entrar en la dinámica de “reconstruir los muros del Templo” -y evitar la tentación de las torres de Babel-, como insiste la nueva encíclica *Magnifica Humanitas*.
Pbro. Eduardo J. Corral Merino, Asesor y Responsable de la Dimensión para la Cultura y la Educación de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
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